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Opinión

El optimismo impone su censura
22 de diciembre 2008

EDITORIAL. Muchos periodistas sentimos la censura del optimismo. Se nos trata de seducir con la idea de que el optimismo es un estado de ánimo contagioso que contribuye a que todo marche mejor. La experiencia nos ha enseñado, sin embargo, que el optimismo por si sólo no es capaz de salvar el sistema de los excesos y abusos de unos pocos.


Mayra Martínez Avidad   Ayer le preguntaba en una entrevista a un alto cargo de una de las multinacionales tecnológicas más conocidas y de mayor influencia, cuál era su sensación directa sobre la crisis. Bastante sorprendida escuché al directivo negar en rotundo que sus clientes estuvieran restringiendo los presupuestos de inversión tecnológica. Avanzando un poco más en la conversación me di cuenta de que no importaba lo mucho que yo insistiera en señalar las evidencias de la difícil situación económica, aquel directivo permanecía inquebrantable en su empeño de mantener sus mensajes libres de todo negativismo. Como si el negativismo fuera la fuente de todos lo males que nos aquejan.

Hace dos días el Parlamento Británico analizaba si imponer o no una serie de restricciones a los periodistas económicos por temor a que un tono demasiado pesimista sobre la situación financiera contribuyera a que el país se sumara todavía más en el precipicio. Según los que apoyan las restricciones, la culpa de la crisis la tienen los informadores. Primero, porque en tiempos de bonanza no alertaron sobre los peligros de la burbuja económica y ahora, porque en medio del torbellino financiero, no tienen ningún escrúpulo en filtrar informaciones que contribuyen todavía más a la pérdida de la confianza de los inversores.

Eso es lo que al menos opinan banqueros, políticos y todo tipo de directivos empresariales como los de SMR, el fondo de inversión que ha presentado una denuncia en el Reino Unido contra el The Wall Street Journal por revelar información sobre el valor de los activos de la compañía, lo que según parece, afectó aún más a su desplome en 2008.

Pero la cosa va aun más lejos. Algunos grupos de presión corporativos están sugiriendo que sería preciso, incluso, restringir cierto lenguaje catastrófico y censurar términos como ‘caos’ o ‘pánico’, ya que dado lo delicado de la situación, no harían más que agravarla.

La receta contra la crisis parece ser una sola y sencilla: puro y llano optimismo. Un optimismo que me recuerda al sostenido durante los últimos años por reconocidos economistas, visionarios tecnológicos y expertos en gestión de negocio que han ido por medio mundo llenando aforos y dando las claves del éxito empresarial. Nadie, que yo recuerde, emitió ninguna voz de alarma sobre la crisis que se avecinaba. De hecho, casi los únicos que se atrevieron en ese tiempo a contradecir el optimismo reinante fueron los economistas Nouriel Roubini, Paul Krugman y, si se me apura, Joaquín Almunia.

Hoy todo el mundo se pregunta ¿cómo fue posible que nadie predijera la crisis que se avecinaba? Roubini y Krugman habiendo ganado un renovado respeto internacional -y ahora los únicos capaces de llenar aforos-, bien lo dicen: poder se pudo, ahora, no se quiso. Porque a nadie le gusta ser un aguafiestas. Menos aún a aquellos que, participando de ese desenfreno económico, veían sus ingresos crecer cada día.

Quizá se pueda reprochar a los profesionales de la información no haber indagado lo suficiente en la problemática de la especulación inmobiliaria y los peligros que escondían las subprime, a pesar incluso de la opacidad de las fuentes de autoridad económica. Lo que no se explica es que, todavía ahora, cuando los periodistas tratan de desentrañar la verdad y mostrarla a la sociedad mundial -es posible que con crudeza, pero la realidad al fin y al cabo-, se les tache también de irresponsables.

Ayer, cuando le preguntaba al directivo de la multinacional tecnológica por qué desde grandes empresas como la suya, tampoco se supo ver lo que se estaba gestando, el responsable contestó: “No te puedo decir por qué. Pero de cara al presente y al futuro, yo prefiero ser optimista”.

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